Archive for category novela española

La gripe terrible de 1918, novelada por Empar Fernández

  «Faltaban ataúdes y no se conseguían ni carros ni enterradores para tantos fallecidos. Los que fabricaban mesas y sillas pasaron a ocuparse de las cajas para los muertos y los que ejercían de repartidores a menudo aceptaban retirar un cuerpo a cambio de unas monedas. Algunas familias improvisaban ataúdes con maderas arrancadas de cercas o de armarios o retiraban los cadáveres con ayuda de carretillas ligeras.

  El recelo se extendió entre la gente y eran pocos los que visitaban a sus parientes o se detenían a hablar con un conocido en mitad de la calle. Los que enfermaban y morían a solas tardaban en ser localizados y los cuerpos se amontonaban al paso de las carretas. En las escaleras de vecinos las puertas permanecían cerradas y, de tarde en tarde, podía oírse el llanto de los ocupantes de alguno de los pisos que velaban un enfermo o se lamentaban amargamente de una pérdida. Algunos sacerdotes, y no pocos médicos, simularon hallarse enfermos para recluirse y evitar el contagio. No siempre había tiempo para ceremonias y fueron muchos los muertos que recibieron sepultura sin mediar una oración ni recibir una dosis de quinina»

Empar Fernández, La epidemia de la primavera.

Suma de Letras, Barcelona: 2018.

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Una poderosa historia de guerra y franquismo

Juan Madrid, Perros que duermen.

Alianza Editorial, Madrid: 2017.

Perros

«De pronto me despertaba en medio de la noche y lo veía muerto, el pecho acribillado a balazos. Y era tan nítido, tan verdadero, que me estremecía de espanto mientras en el sueño escuchaba las bombas que estallaban a su alrededor, los silbidos de los proyectiles, el ruido de los aviones, los gritos de los moribundos, el tartamudeo de las ametralladoras, los cuerpos destrozados por las granadas. Pero en otro sueño estaba vivo, guapo y alto, y desfilaba con sus hombres por la Gran Vía de Madrid, y él sabía que yo, en ese momento soñaba con él.»

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Ulises en taxi por Barcelona

Carlos Zanón, Taxi (Salamandra)

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Ha entrado en la calle peatonal por la parte más alejada del casino y la Torre Mapfre, la parte fallida de los locales de ocio del Port Olímpic, para no vérselas con los ingentes trozos de carne sanguinolenta de hooligans y regordetas cerditas descalzas en inminente adiós a su soltería. No tener que abrirse camino entre los turistas entregados por cruceros de lujo y de garrafa, borrachos y desenfrenados, y las pupilas sin párpados de la muchachada nacional, entre vómitos y polvos rápidos, caídas al suelo pringoso, su tratar de alcanzarse con los puños, sus ganas de seguir bebiendo, entregando euros a tipos apuntalados al otro lado de la barra. Sandino, más allá de la jeremiada que suena dentro de su cabeza, no ve necesario invocar al Yahvé del desierto para una lluvia de azufre. Pero acudir aquí para cualquier cosa que no sea odiar Europa no tiene sentido. Y mucho menos si eres taxista y estás en acto de servicio. Aquí podría pasarte cualquier cosa. Turistada ebria que se te mete en el coche aunque lleves pasaje. Que se lanza contra el taxi en cuanto te detienes en un semáforo. Que te jode los retrovisores y escupe en los cristales como parte de la diversión pagada si consumes más de diez combinados. Tipos que se tiran al asfalto cuando vas a arrancar. Gente que si la tomas como pasaje puede potar, follar, hacerse las rayas pertinentes, cambiarse las bragas, volver a vomitar, gritarte, no pagarte, insultarte y pegarte.

   Zombieland.

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Espías contra Franco y el nazismo

Almudena Grandes, Los pacientes del doctor García (Tusquets)

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  «El último domingo de marzo de 1947 fui al encuentro de una mujer que conocía mi verdadera identidad. Amparo sabía que yo no me llamaba Rafael Cuesta Sánchez, sino Guillermo García Medina. Y que era médico, aunque no tuviera título oficial y trabajara en una agencia de transportes.

    Lo que ignoraba era que había ido a buscarla para ayudar a Manuel Arroyo Benítez, un amigo mío que había suplantado la identidad de Adrián Gallado Ortega para infiltrarse en una organización de prófugos nazis y emigrar a la Argentina como uno de ellos.

    Mientras tanto, el verdadero Adrián Gallardo mendigaba en Berlín, y cuando le paraba una patrulla, enseñaba la documentación de un hombre llamado Alfonso Navarro López.

    Mi historia es la historia de tres impostores.»

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Sucios y malvados, de Juanjo Braulio

Juanjo Braulio, Sucios y malvados. Ediciones B. Barcelona: 2017

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«Le encanta Roma. A millones de turistas también, aunque por razones muy diferentes a las suyas. Los visitantes quieren religión, arte o historia que se puede adquirir a plazos y, por eso, la ven bella o creen verla. A él le enamora por todo lo contrario. Porque la ciudad y él son iguales: viejos, sucios y malvados. Que toda esa gente no se percate de ello hace de su vida en Roma un perpetuo deleite.» (pág. 30)

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La mala hierba

Agustín Martínez, La mala hierba (Plaza y Janés)

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    «Miriam miraba a uno y otro lado y, después, a sí misma y se descubrió desnuda. La conciencia de que estaba viviendo un sueño no mitigó la angustia […] Quería correr, huir, pero sus músculos no le respondían. Vio cómo la sal también la infectaba; los pies, las piernas, su sexo, colonizados por esa lividez mortecina. Escuchó un ruido y sólo pudo buscar el origen con sus ojos; ni siquiera podía girar el cuello. Había un hombre, ¿su padre?, también desnudo, cubierto de sal, en el suelo. Se retorcía desesperado. Golpeaba el suelo, histérico, como pájaro de alas rotas. Y se dio cuenta de que ese desierto no era más que un lecho marino al que, de repente, le habían arrebatado el agua. Su sustento. Y ellos, ese hombre y también ella, se habían visto sorprendidos por la desaparición del mar en el que habitaban, y ahora, a la vez que la sal los cubría de cristales, les faltaba el agua y boqueaban como peces abandonados. Levantó la mirada al cielo como si así pudiera escapar de la sal, la sal que iba a matarla…» (págs. 291-2)

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Derecho natural

Ignacio Martínez de Pisón, Derecho natural (Seix Barral)

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«La relación que establecemos con las ciudades depende mucho de si las hemos visto cambiar o no. Barcelona era una ciudad que había crecido a la vez que yo y que sin duda seguiría creciendo en mi ausencia. Madrid, por el contrario, se me presentaba como una ciudad hecha, acabada, en cierto sentido inmóvil. Era como si siempre hubiera sido así: la veía como los niños ven a los adultos, incapaces de imaginarlos jóvenes, solteros si es que están casados, estudiantes de la carrera que han acabado ejerciendo.» (pág. 261)

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