Archive for category novela española

El chico de las bobinas, al estilo Juan Marsé

Pere Cervantes, El chico de las bobinas,

Destino, Barcelona: 2020

 

     «A mis casi cincuenta arrastro un importante número de fracasos sentimentales. Y con el paso del tiempo la cosa no mejora. Ya no es que uno se vuelva más exigente con los demás, sino que se vuelve más tolerante consigo mismo, y esa tolerancia se convierte en comodidad, en una suerte de equilibrio que se solidifica y que, como tal, se hace inexpugnable. La soledad, como la tecnología, crea adicción.»

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El mañana sin mí

Primeras reseñas de El mañana sin mí

En Libros que hay que leer

http://librosquehayqueleer-laky.blogspot.com/2019/11/el-manana-sin-mi-emili-bayo.html

En Leo la lluvia caer

http://www.leolalluviacaer.com/2019/11/el-manana-sin-mi-emili-bayo-lectura321.html

En Tu mateix llibres

http://tumateix-llibres.blogspot.com/

En Diario de una chica Lit

http://diariodeunachickalit.blogspot.com/2019/10/resena-bayo-emili-el-manana-sin-mi.html

Portada

Booktrailer en:

https://www.youtube.com/watch?v=LVtHV4lV3Lk&t=2s

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Presentación de El mañana sin mí

Cafè del Teatre de l’Escorxador

30-octubre-2019

Fotos Albert Farrè

Texto de Joaquín García Albero, «Conde Boira», para la presentación de El mañana sin mí, de Emili Bayo

«Comulga la gruesa miga de pan que ha untado en una escudilla de callos canónicos y luego apura de un sorbo la copa barriguda de Anís del Mono que le ha servido Rosita. Se levanta pesadamente y siente de súbito que el insoportable inquilino que le ocupa ha vuelto a prender fuego en las cortinas de sus entrañas. Una culebra de hierro fundido mordiéndole, emponzoñándole el costado. Con el vano propósito de congraciarse con un mundo en el que siempre se ha sentido extranjero, mira una última vez las nalgas rotundas de la camarera y se despide de ellas con el esbozo de una sonrisa mínima. Hace tiempo que vuelve a la rutina de su soledad desencantada con aquel disparo fallido de la boca fruncida. La melancolía extrañada de quien siempre parece despedirse por última vez. Ese hombre alto y robusto, de mirada algo estrábica, que sale ahora renqueante del mesón La Tapa y se adentra en los arañazos profundos de la niebla, se llama Abel Claramunt. Mientras camina de vuelta a un piso desangelado y exiguo de equipaje, que camufla sabiamente su vital desarraigo, enciende un cigarrillo Bisonte que brilla un instante en la noche difusa como una luciérnaga agotada. Exhala un humo imperceptible y sonríe de nuevo pensando que la niebla es otra forma de morir. Desde hace tiempo, Claramunt escribe día tras día, en páginas llenas de torcidos borrones, la biografía de un rotundo fracaso. Tiene el verbo soez, mordaz y lapidario que usa como vieja pistola en permanente duelo para abrir en el alma de los otros la herida profunda de una animadversión irrenunciable. Su espíritu terco de mosca cojonera y esa pequeña parte indivisa de hijoputez ab intestata que heredó de su padre le han condenado, con su indolente consentimiento, al ostracismo de los archivos de los casos irresolutos en un rincón diminuto y maloliente de la comisaría de una fría ciudad provinciana. Pero al sargento Claramunt, eso no parece importarle. Y no es porque al fin y al cabo se esté muriendo sin más, con la tenacidad inexorable, sencilla, de un crepúsculo. No. Esa cínica melancolía de verbo hiriente que exaspera a cuantos lo tratan, y luego desprecian, lo ha protegido siempre del vacío de la sinrazón de una sociedad en constante liquidación por derribo. Le ha salvado del vómito crónico tras asistir tantas veces al espectáculo de la putrefacción descarnada que se esconde tras las preciosas máscaras carnavalescas de la gente honorable y poderosa. Bueyes perturbados de dientes de cuchillo entre el aliento confiado de los mansos, en un íntimo y oscuro establo.Enciende otro Bisonte y se detiene un momento a resoplar un inoportuno cansancio que la niebla ningunea. Piensa en Azucena. La paciente ternura, la imbatible alegría. Sonríe pensando en la fingida desmemoria botánica con que al principio trató de mostrarle una indiferencia que no sentía. La prima Azucena. El nombre y el perfume de todas las flores. Sube las escaleras con una lentitud exasperante. Abre una puerta desconchada que no necesita chirriar para quejarse de los estragos implacables de la humedad. Pone a todo volumen el Nessun Dorma, de Pucini, y se tumba en el sofá floreado. Enciende un canuto que pronto señorea el aire con su olor a hierba seca y salvaje. Se le cierran los ojos, vencidos por el plomo líquido del agotamiento. Cuando el tiempo estalle en mil pedazos de pétrea oscuridad, en el mañana sin mí que se avecina,ensordecedor como negro aullido de cuervos, cuando ya apenas sea el vano intento de un recuerdo de aquel que me sueña y alienta, de aquel de cuya esencia estoy hecho. Cuando ya solo sea el relámpago de un pálpito antiguo en las venas de mi dios Emili Bayo; tan solo entonces, yo, Abel Claramunt, me habré muerto para siempre».

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Premis València. Institució Alfons el Magnànim. 18-octubre-2019

Portada

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La nueva novela de Jordi Ledesma

Jordi Ledesma, La noche sin memoria.

                 Editorial Alrevés, Barcelona: 2018.

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«La de novelista es la que menos talento requiere de todas las facetas literarias, también la más innoble; al fin y al cabo, vivimos de alimentar la desdicha y la tragedia a través de un relato que suele ser coherente por lo general, al menos en su registro realista, y que nos vomita la desventura tan propia de la vida […]

Ese es nuestro trabajo: hablar de toda esa mierda.»

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La gripe terrible de 1918, novelada por Empar Fernández

  «Faltaban ataúdes y no se conseguían ni carros ni enterradores para tantos fallecidos. Los que fabricaban mesas y sillas pasaron a ocuparse de las cajas para los muertos y los que ejercían de repartidores a menudo aceptaban retirar un cuerpo a cambio de unas monedas. Algunas familias improvisaban ataúdes con maderas arrancadas de cercas o de armarios o retiraban los cadáveres con ayuda de carretillas ligeras.

  El recelo se extendió entre la gente y eran pocos los que visitaban a sus parientes o se detenían a hablar con un conocido en mitad de la calle. Los que enfermaban y morían a solas tardaban en ser localizados y los cuerpos se amontonaban al paso de las carretas. En las escaleras de vecinos las puertas permanecían cerradas y, de tarde en tarde, podía oírse el llanto de los ocupantes de alguno de los pisos que velaban un enfermo o se lamentaban amargamente de una pérdida. Algunos sacerdotes, y no pocos médicos, simularon hallarse enfermos para recluirse y evitar el contagio. No siempre había tiempo para ceremonias y fueron muchos los muertos que recibieron sepultura sin mediar una oración ni recibir una dosis de quinina»

Empar Fernández, La epidemia de la primavera.

Suma de Letras, Barcelona: 2018.

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Una poderosa historia de guerra y franquismo

Juan Madrid, Perros que duermen.

Alianza Editorial, Madrid: 2017.

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«De pronto me despertaba en medio de la noche y lo veía muerto, el pecho acribillado a balazos. Y era tan nítido, tan verdadero, que me estremecía de espanto mientras en el sueño escuchaba las bombas que estallaban a su alrededor, los silbidos de los proyectiles, el ruido de los aviones, los gritos de los moribundos, el tartamudeo de las ametralladoras, los cuerpos destrozados por las granadas. Pero en otro sueño estaba vivo, guapo y alto, y desfilaba con sus hombres por la Gran Vía de Madrid, y él sabía que yo, en ese momento soñaba con él.»

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Ulises en taxi por Barcelona

Carlos Zanón, Taxi (Salamandra)

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Ha entrado en la calle peatonal por la parte más alejada del casino y la Torre Mapfre, la parte fallida de los locales de ocio del Port Olímpic, para no vérselas con los ingentes trozos de carne sanguinolenta de hooligans y regordetas cerditas descalzas en inminente adiós a su soltería. No tener que abrirse camino entre los turistas entregados por cruceros de lujo y de garrafa, borrachos y desenfrenados, y las pupilas sin párpados de la muchachada nacional, entre vómitos y polvos rápidos, caídas al suelo pringoso, su tratar de alcanzarse con los puños, sus ganas de seguir bebiendo, entregando euros a tipos apuntalados al otro lado de la barra. Sandino, más allá de la jeremiada que suena dentro de su cabeza, no ve necesario invocar al Yahvé del desierto para una lluvia de azufre. Pero acudir aquí para cualquier cosa que no sea odiar Europa no tiene sentido. Y mucho menos si eres taxista y estás en acto de servicio. Aquí podría pasarte cualquier cosa. Turistada ebria que se te mete en el coche aunque lleves pasaje. Que se lanza contra el taxi en cuanto te detienes en un semáforo. Que te jode los retrovisores y escupe en los cristales como parte de la diversión pagada si consumes más de diez combinados. Tipos que se tiran al asfalto cuando vas a arrancar. Gente que si la tomas como pasaje puede potar, follar, hacerse las rayas pertinentes, cambiarse las bragas, volver a vomitar, gritarte, no pagarte, insultarte y pegarte.

   Zombieland.

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Espías contra Franco y el nazismo

Almudena Grandes, Los pacientes del doctor García (Tusquets)

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  «El último domingo de marzo de 1947 fui al encuentro de una mujer que conocía mi verdadera identidad. Amparo sabía que yo no me llamaba Rafael Cuesta Sánchez, sino Guillermo García Medina. Y que era médico, aunque no tuviera título oficial y trabajara en una agencia de transportes.

    Lo que ignoraba era que había ido a buscarla para ayudar a Manuel Arroyo Benítez, un amigo mío que había suplantado la identidad de Adrián Gallado Ortega para infiltrarse en una organización de prófugos nazis y emigrar a la Argentina como uno de ellos.

    Mientras tanto, el verdadero Adrián Gallardo mendigaba en Berlín, y cuando le paraba una patrulla, enseñaba la documentación de un hombre llamado Alfonso Navarro López.

    Mi historia es la historia de tres impostores.»

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Sucios y malvados, de Juanjo Braulio

Juanjo Braulio, Sucios y malvados. Ediciones B. Barcelona: 2017

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«Le encanta Roma. A millones de turistas también, aunque por razones muy diferentes a las suyas. Los visitantes quieren religión, arte o historia que se puede adquirir a plazos y, por eso, la ven bella o creen verla. A él le enamora por todo lo contrario. Porque la ciudad y él son iguales: viejos, sucios y malvados. Que toda esa gente no se percate de ello hace de su vida en Roma un perpetuo deleite.» (pág. 30)

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