Arxivar per Agost de 2017

La escritura según Sampedro

José Luis Sampedro, Escribir es vivir, Plaza y Janés, Barcelona: 2013.

Escribir es vivir

«¿Ustedes recuerdan a Nureyev, el bailarín ruso que murió hace unos años? En una entrevista, a la pregunta de la periodista: “¿Qué consejo daría usted a un muchacho o muchacha que quiera dedicarse al ballet?”, el gran artista contestó: “Que si puede que lo deje”. De lo que se deduce que para Nureyev la única razón seria para dedicarse al ballet era no poder evitarlo. Mi obra será buena, mala o regular, acertada o desacertada, pero la he escrito porque no podía evitarlo».

 

«Escribir es ser minero de uno mismo, hacerse arqueólogo, profundizar en uno, “entrar más adentro en la espesura”».

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La mala hierba

Agustín Martínez, La mala hierba (Plaza y Janés)

la mala hierba

    «Miriam miraba a uno y otro lado y, después, a sí misma y se descubrió desnuda. La conciencia de que estaba viviendo un sueño no mitigó la angustia […] Quería correr, huir, pero sus músculos no le respondían. Vio cómo la sal también la infectaba; los pies, las piernas, su sexo, colonizados por esa lividez mortecina. Escuchó un ruido y sólo pudo buscar el origen con sus ojos; ni siquiera podía girar el cuello. Había un hombre, ¿su padre?, también desnudo, cubierto de sal, en el suelo. Se retorcía desesperado. Golpeaba el suelo, histérico, como pájaro de alas rotas. Y se dio cuenta de que ese desierto no era más que un lecho marino al que, de repente, le habían arrebatado el agua. Su sustento. Y ellos, ese hombre y también ella, se habían visto sorprendidos por la desaparición del mar en el que habitaban, y ahora, a la vez que la sal los cubría de cristales, les faltaba el agua y boqueaban como peces abandonados. Levantó la mirada al cielo como si así pudiera escapar de la sal, la sal que iba a matarla…» (págs. 291-2)

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Derecho natural

Ignacio Martínez de Pisón, Derecho natural (Seix Barral)

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«La relación que establecemos con las ciudades depende mucho de si las hemos visto cambiar o no. Barcelona era una ciudad que había crecido a la vez que yo y que sin duda seguiría creciendo en mi ausencia. Madrid, por el contrario, se me presentaba como una ciudad hecha, acabada, en cierto sentido inmóvil. Era como si siempre hubiera sido así: la veía como los niños ven a los adultos, incapaces de imaginarlos jóvenes, solteros si es que están casados, estudiantes de la carrera que han acabado ejerciendo.» (pág. 261)

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