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Será nuestro secreto, la última novela de Empar Fernández

Empar Fernández, Será nuestro secreto.

Ed. Alrevés, Barcelona: 2022.

Una magnífica novela negra escrita con una prosa deliciosa.

«Tedesco baja del autobús dos paradas antes de la que queda más cerca de su casa. Prefiere caminar unos minutos, aunque el relente del anochecer le obligue a avanzar encogido y con la cabeza medio oculta por las solapas del abrigo. Como una vieja tortuga, piensa al encorvarse todavía más y encoger el cuello. Como un animal longevo que pierde facultades. Con los sesenta a la vuelta de la esquina, se siente viejo y desalentado.

A veces, en los malos días como el que acaba, el policía piensa en sí mismo como en un farsante, en un inútil. Hace días leyó algo sobre el síndrome del impostor, que consiste en experimentar la certidumbre de que los logros personales no son el resultado del empleo de las propias capacidades, sino de la buena fortuna, de inexplicables golpes de suerte. Dada la incapacidad para avanzar en el caso, Mauricio Tedesco se siente un impostor a sueldo de la ciudadanía».

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La gripe terrible de 1918, novelada por Empar Fernández

  «Faltaban ataúdes y no se conseguían ni carros ni enterradores para tantos fallecidos. Los que fabricaban mesas y sillas pasaron a ocuparse de las cajas para los muertos y los que ejercían de repartidores a menudo aceptaban retirar un cuerpo a cambio de unas monedas. Algunas familias improvisaban ataúdes con maderas arrancadas de cercas o de armarios o retiraban los cadáveres con ayuda de carretillas ligeras.

  El recelo se extendió entre la gente y eran pocos los que visitaban a sus parientes o se detenían a hablar con un conocido en mitad de la calle. Los que enfermaban y morían a solas tardaban en ser localizados y los cuerpos se amontonaban al paso de las carretas. En las escaleras de vecinos las puertas permanecían cerradas y, de tarde en tarde, podía oírse el llanto de los ocupantes de alguno de los pisos que velaban un enfermo o se lamentaban amargamente de una pérdida. Algunos sacerdotes, y no pocos médicos, simularon hallarse enfermos para recluirse y evitar el contagio. No siempre había tiempo para ceremonias y fueron muchos los muertos que recibieron sepultura sin mediar una oración ni recibir una dosis de quinina»

Empar Fernández, La epidemia de la primavera.

Suma de Letras, Barcelona: 2018.

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