Arxivar per Març de 2014

Entrevista a Leopoldo María Panero

3066_Les hores oblidades    La muerte de Leopoldo María Panero y la edición de la poesía completa del desaparecido amigo Jordi Jové me remiten a un viaje del otoño de 1992, cuando Pere Pena, Josep Ramón Jové y yo dirigíamos las páginas de libros del diario Segre. Acompañados por Jordi, los tres nos subimos a mi recién estrenado Citroen AX y nos fuimos de Lleida a Mondragón a entrevistar a Leopoldo María Panero. Recuerdo el viaje con un cariño inmenso hacia todos ellos, incluso hacia el joven que creo que fui entonces. El resultado fue esta entrevista que apareció en las páginas del diario Segre y que no me resisto a rescatar del olvido. 


Entrevista a Leopoldo María Panero

Pere Pena y Emili Bayo

“¡Qué importa donde vaya, si siempre he vivido en el infierno!

    Mondragón está metido entre montañas verdes. Según con qué ojos se mira, Mondragón y todo el País Vasco podría parecerse a la “tierra de promisión”; pero a nosotros, misterios del alma, nos recuerda a los jardines de una fábrica o de un sanatorio. Tenemos cita con Leopoldo María Panero a las cuatro, y llevamos toda una mañana de risas nerviosas y comentarios tan negros como el miedo. Vete a saber por qué. Somos casi puntuales, pero “el poeta seriamente enfermo” ya lleva tres pitillos de espera. Mientras aparcamos en el patio de la clínica, se levanta del banco de su frontera y en un instante se impone, como al asalto, “su torpe aliño indumentario”. Es un hombre mayor, mayor incluso de la edad que tiene: el pelo muy corto y gris, con claros; la nariz grande, los ojos inmensos y las cejas afiladas parecen otear, como las rapaces, desde las últimas ramas o piedras. Como San Sebastián queda casi en el fin de nuestro mundo, nos quedamos en un supermercado del pueblo, acristalado como una urna. En la cafetería, el ruido de las máquinas apaga el calor de las voces. Leopoldo es conocido. Se saluda con otro interno también de paseo, y los camareros nos observan tras el mostrador de sus sonrisas. No es difícil comprender por qué. Es un loco, y a la gente nos gusta mirarlos (compasión, lástima, desprecio…) desde la inviolable caja fuerte de nuestra cordura.

P.- ¿Qué es para ti la locura?

R.- Es una transformación alquímica del individuo. Catastrófica debido a la psiquiatría, pero positiva si se dejara llevar o producir libremente. Yo sospecho que la locura no existe. Todo el mundo sueña y, como dice Freud, la locura es el sueño divino. Es como al que le pegan una hostia y ve las estrellas. En el fondo, la locura soluciona una situación social de jaque mate. Este es el caso de una camarera que no había visto a un psiquiatra en su vida y se creía que estaba en una casa de muñecas; avisaban a sus compañeras y no había ningún problema. O el de una empleada del manicomio que mientras friega sueña y no está loca para nada. Sueña que la han castigado en el colegio y que va con un telescopio y, mientras tanto, friega. Puedes hablar con ella de todo. El proletariado, para trabajar, necesita soñar. El sueño es un componente del hombre, y el límite entre el sueño y la locura no está nada claro. El paranoico, por ejemplo, razona perfectamente. Según E. Letmer, el paranoico tiene realmente perseguidores, perseguidores sórdidos, como en El doble de Dostoyevsky: un camarero, un portero,… gente que les echa y les putea. La historia de la locura es la historia de un puteo social enmascarado, y los locos son chivos expiatorios.

P.- ¿Te sientes perseguido?

R.- Yo no me he sentido perseguido en la vida. Hay un poema mío que dice: “Lloran los ojos en mi frente./ Mis enemigos han muerto,/ sólo queda la vergüenza de la vida”.

P.- ¿Cuál es la situación más jodida que puede vivir un hombre? R.- El manicomio.

P.- ¿Y la falta de amor?

R.- La falta de amor es consubstancial al loco. Por eso los locos crónicos están tan colgados de la calefacción y de llevarse cada uno su naranjita y su membrillito, porque son símbolos de calor humano.

P.- Y tú, ¿te sientes solo?

R.- Odio la soledad. Cuando estoy con gente, voy a mear con miedo, porque pienso que se van a ir mientras meo.

P.- ¿Te tratan bien en el manicomio?

R.- Los del manicomio son una pandilla de fascistas y de asesinos. La tesis de que el loco miente no sé de dónde se la saca la gente. Precisamente los locos son los tíos más ingenuos del mundo y, hasta que los destroza la psiquiatría y el manicomio, dicen la verdad como perros. Si queréis oír la voz de la locura, “yo soy para vosotros el enigma de aquella que se escabulle apenas aparecida. ¡Hombres, escuchad!, os doy el secreto: yo, la verdad, hablo”.

P.- ¿Tú eres malo?

R.- No, hombre, no. “Somos más feos que el copón/ y no tenemos novia. Somos más malos que el copón/ y no nos quiere nadie”. Yo no soy tan malo. Con la gente que me trata bien, soy muy fiel y muy bueno. Seré sádico, pero soy muy bueno.

P.- ¿Con los doctores cómo te llevas?

R.- Con el rollo del psicoanálisis los mantengo como el domador a las fieras. Sé mucho más que ellos. Tengo una biblioteca sobre psicoanálisis inmensa.

P.- A estas alturas ya debes estar harto del manicomio.

R.- El manicomio es una cárcel infecta. La peor cárcel es un palacio, un hotel, comparado con el manicomio. Allí, por lo menos, no hay crímenes mentales. Si haces tal cosa, te castigan y punto. Puedes apelar, pero aquí a quién vas a apelar. Llevo cinco años en ABC escribiendo artículos de anti-psiquiatría y sigo aquí como esquizofrénico. Yo ya he dejado de beber, así que me suelten y punto. La libertad y la vida son muy bonitas.

P.- ¿Y ya vas a saber adónde ir?

R.- Como dijo aquél, “¡Qué importa donde vaya, si siempre he vivido en el infierno!”.

* * *

P.- Por cierto, ¿cómo te llevas ahora con el alcohol?

R.- Voy a dejar de beber si por lo visto se trata solamente de eso. Tengo un artículo publicado en ABC, titulado “In vino veritas”, sobre dejar de beber, donde hago una crítica a la hipocresía y reivindico el alcohol a pesar de que lo he dejado de usar. Es lo que he escrito sobre “La parábola del Clochard o el misterio de la luz”.

P.- ¿Qué es un “clochard”?

R.- El “clochard” es un hombre excluido de la sociedad que se venga queriendo que lo miren, a pesar de que le echen de todos los bares a golpes. Se pone en las plazas públicas y en la calle para que le vean.

Su voz es como una letanía nasal: a veces chispea precisa; otras, se embarulla en un casi susurro tan poblado como el laberinto de unos grandes almacenes. Sólo la interrumpe su risa, abierta y desbocada, que le deforma el rostro. Es una risa acongojante: no invita, se impone. Desenterramos fantasmas.

P.- La relación con tu familia parece que siempre ha sido difícil y cargada de problemas, pero en la dedicatoria de uno de tus últimos libros, Aviso a los civilizados, pides a Felicidad Blanc, tu madre, que te perdone el monstruo que habías sido.

R.- Sí. Como dije en una entrevista a Interviu, mi madre era muy buena y yo era un monstruo, salvo que ella sabía que me querían matar en el manicomio de Mondragón.

P.- ¿Fue una forma de deshacerse de ti?

R.- Sí. El asesinato, a parte del dinero, tiene sus otros móviles, como la envidia. Como el asesinato de Giordano Bruno o el encarcelamiento del Conde de Montecristo, que fue vendido por sus amigos.

P.- Pero tu madre te ayudó a publicar tus libros, ¿no? ¿No había familiares tuyos ligados a Ediciones Libertarias?

R.- No. Mi familia, donde estaba metida a fondo, era en “tejerarias”, hablando de mi hermano Michi y de Felicidad Blanc, viuda de Panero.

P.- ¿Te afectó la muerte de tu madre?

R. -Lloré mucho. La quería mucho por muy golpista que fuera. A mí el golpe me la sudaba, me la traía floja y pendulona mientras me llegaran sus cheques. Cuando se murió, comprarme el Camel Filters, ni loco. Los que le debían un homenaje a mi madre eran los de la televisión, Antonio Gala, Fernando Fernán Gómez y todos esos tótems. Murió olvidada y de cáncer. Tal vez estoy paranoico, pero sospecho que no lo estoy y que la estrangularon de verdad. No podían meterse conmigo, que era Rasputín y me tragaba el veneno como aspirinas, y se la cargaron a ella. Al menos lo sospecho, y tengo derecho.

P.- ¿Está enterrada aquí en San Sebastián?

R.- No lo sé. Ni siquiera me lo ha dicho el cabrón de mi hermano Michi. Me gustaría llevarle unas flores y recitarle un poema, que es lo que supongo que hace la gente que visita las tumbas.

P.- ¿La herencia literaria familiar fue importante para ti?

R.- No. Mi padre me marcó con sus palizones. Él decía: “Nos va a salir maricón”. Yo era su hijo preferido, pero era una relación sado-masoquista muy absurda.

P.- Esas historias que se explican de que tú condujiste en Madrid una manifestación a un callejón sin salida…

R.- Eso son gilipolleces que cuenta mi hermano Michi. A mí una manifestación me da patadas en los huevos.

P.- Pero te la tenían jurada…

R.- ¿Quiénes? ¿los policías? Eso a todos.

P.- No, incluso los amigos.

R.- Los amigos, ¡qué va!, no me han perseguido en la vida. Eso era un chiste fácil y punto. A mí y a los masones como Perico Martínez Ochoa, Elvira Cobos y Bengochea nos intentó linchar la policía en la comisaría de la calle Huerta de Madrid. Pero perseguir, nada. A Dreifus también le perseguía medio mundo. Era un tío raro en una sociedad donde no se permite ser un burro. Me considero puteado y perseguido en nombre de un sistema que nadie sabe lo que es. Un sistema sin cabeza, porque el poder no existe. El poder lo tienen cuatro de televisión que se creen el gobierno y que no son ni ricos, porque ganan lo mismo que un enfermero del sanatorio. Son los que de verdad merecerían estar aquí.

P.- ¿Quiénes te interesan más de tus compañeros de promoción?

R.- Ana María Moix, Pere Gimferrer,… pero ha llovido mucho desde entonces. Gimferrer estará por la Academia, con su ridiculez fascinante. No escribe mal, pero un poco tontiloco sí es, tiene un cerebro de mosquito.

P.- ¿Mantienes buena relación con él?

R.- Hace años que no le veo. Pero si fuera para tomar un Sprite, le podría ver. No sé por qué no fue al homenaje que me hicieron en el Ateneo. Pero con Antonio Martínez Sarrión y Félix de Azúa me llevo bien. Huyen un poco no sé si del alcohol o de la locura. No sé de qué huyen.

P.- ¿Te acuerdas de cuando Ana María Moix hablaba de ti como el chico de la bufanda roja que había llegado a Barcelona…?

R.- El “dulce Jim” era yo. Me lo pasé bien en Barcelona.

P.- Tú eras un chico deseado…

R.- Pues no me enteré. Nadie me dio por culo.

P.- En las Baladas del dulce Jim, hay un poema que parece dedicado a ti, “El deseado”.

R.- No. Ella nunca me deseó. La di un beso en el laberinto del Tibidabo, pero nada más.

P.- ¿Había un componente de locura en tu promoción?

R.- Lo que me cabrea es que mis antiguos compañeros me rehuyan por la locura, porque por el alcohol, ya he dejado de beber. No bebo ni una gota. En esa época, yo y mis amigos, Francisco Monge -que se murió de accidente de coche-, Bengochea -que fue el fundador de la masonería loca-,… todos soñábamos con traducir el Apocalipsis, porque creíamos que la literatura estaba acabada: la poesía en Pound, la novela en Joyce y sólo quedaba por escribir el último libro.

P.- ¿Qué te parece la generación anterior a la tuya?

R.- José Hierro está bien. Y Carlos Bousoño no está mal. Me interesan también Costafreda y Gil de Biedma. Costafreda es el que más me gusta.

P.- ¿Y los Goytisolo y los demás?

R.- Yo fui muy amigo de Luis, pero un día que iba borracho le dije que no lo había leído y eso no lo perdonó.

Tras una hora escasa de charla, Leopoldo lleva ya bebida una reserva de Sprite y ha devorado un pastelillo de manzana como si fuera el primero o el último de su vida. Nos firma algunos de sus libros, Contra España y otros poemas de amos, Piedra negra..., y su letra es un puzzle tan desordenado como su vida.

P.-¿Un poeta ha de ser maldito?

R.-No, un poeta ha de ser un loco, como Wallance Stevens, porque la poesía es una perversión de la realidad. Di hace poco una conferencia en Tolosa donde hablé de Kafka como escritor realista, porque lo de la cucaracha es muy realista. Es el “yo estigmatizado”, y El castillo de Kafka son los hombrecitos estos de “¡Qué pedo!” y “¡Qué monstruo!”. Los libros kafkianos no tienen más sentido.

P.- ¿La búsqueda de la destrucción es un enfrentamiento a la vida?

R.- Me dejé llevar por las redes del malditismo. Pero ahora creo en un malditismo abstemio y todavía más cruel, que es el malditismo del vaso de Sprite.

P.- ¿Cuál crees que debería ser, entonces, el sentido de la poesía?

R.- El fondo de la poesía es la desesperación. Como decía Mallarmé, “La destrucción fue mi Beatriz”. Pero no hay que emborracharse por eso, hay que soportar la vida como se soporta una enfermedad.

P.- ¿Se puede ser feliz con la poesía?

R.- Sí. Escribiendo poesía bien, sí. Como decía Voltaire, “ser un genio para sí mismo, lo demás no importa”. Y corrompiéndola y lamiéndola y devorándola, se puede ser un gran poeta… Con fallos, a veces. Mi “Himno a la corona de España”, por ejemplo, es la cosa más cursi que he leído en mi vida. Yo soy un poeta modesto, no creo que sea un gran poeta. Creo que he hecho un buen trabajo, que escribo bien y punto.

P.- ¿Qué consejo le darías a un joven poeta?

R.- Que lea. Que lea mucho, que estudie y que se tome la poesía con el rigor que merece.

P.- Si, como dices, la literatura es una perversión de la realidad, ¿qué hay que hacer para controlarla y no acabar en un psiquiátrico?

R.- Pues no teniendo una bruja por madre como yo. Yo estoy en el manicomio por una hechicería, por decirlo así, de mi madre.

P. ¿Por qué?

R.- Porque se le metió en la cabeza que dejara de beber y ya lo ha conseguido; pero de paso ha destruído cinco años de mi vida.

P.- ¿Podrías haber continuado bebiendo sin necesidad de ser encerrado aquí?

R.- ¿Quién y por qué me iban a encerrar? Si molestara a la gente o le pegara una patada al camarero, todavía; pero lo que yo reivindico es el derecho a la locura. Hay poetas con suerte y poetas que no la han tenido nunca. A Walter Benjamin le perseguía la mala suerte y no bebía. Hay quien gana y hay quien pierde.

P.- Pero eso va ligado al riesgo que uno toma al escribir…

R.- Como decía Derrida, todo poema corre el riesgo de carecer de sentido, y no sería nada sin ese riesgo. Ese es el único riesgo que existe poéticamente.

P.- Como persona habrás asumido otros riesgos…

R.- Yo no tengo más que ver que con la literatura. A mí lo que me gustaría explicar, a nivel de autoanálisis, es el automatismo mental, que es hacer absolutamente lo que yo quiero.

P.- Pero eso puede acarrear problemas.

R.- Ahora, me restrinjo en el manicomio, pero todo lo que me pasa por la cabeza lo hago. Es la teoría del principio del placer freudiano. Ahora sólo me interesa la literatura como un muerto, como un cadáver al que cuido y la revolución. La revolución es una paradoja por pensar.

P.- ¿Cuál es tu revolución?

R.- Modificar la existencia o la realidad, no la sociedad. Se trata de pasar de la conciencia maldita, que es la locura, a maldecir la realidad.

P.- ¿Crees en una poesía comprometida?

R.- Yo no. Creo en que una poesía esté bien hecha. No esteticista. Yo creo en una poesía modesta y bien hecha, eso es todo.

P.- ¿Y con eso crees que se puede hacer algún tipo de revolución?

R.- No, con eso no. Con un panfleto, con una pedrada… Una agencia de publicidad sería ideal para cambiar la vida, porque la palabra escrita, que yo sepa, no modifica nada. La palabra vivida es la que modifica algo la vida: las comunas, los grupos de encuentro,… La E.T.A. es, por ejemplo, una revolución. La desesperación puede ser la fuente de la revolución.

P.- Sí, ¿pero rebelarse contra qué?

R.- Contra la moral burguesa. La burguesía empezó por proscribir la religión para acabar con el derecho divino de la nobleza. En la época del Renacimiento, cuando tomó el poder la burguesía, se encierra en los manicomios a los libertinos nobles. La burguesía inventó el ateísmo, inventó el cristianismo ateo y la hipocresía para esconder la mirada y ocultar el salvajismo de la vida cotidiana. El truco del esquizofrénico, el salvajismo del hombre primitivo y los caprichos de un niño son las figuras de un “ello” macro-social. Es la parte de nosotros que hemos perdido para siempre. Por eso la revolución está en los trópicos, como decía Lévi-Strauss.

P.- ¿Y aquí no existe otra vía?

R.- Puede pensarse en una sociedad alternativa. Una sociedad alternativa es, por ejemplo, K1 y K2, pero bien hechas, en plan bisexualidad. Como los grupos aquellos norteamericanos, que se encuentran entre gente que no se conocen y establecen situaciones nuevas, sociedades modernas y más divertidas que el marxismo.

P.- Para plantear esto hoy en día, ¿no hay que estar un poco loco?

R.- Siempre he creído que la literatura y el psicoanálisis son hermanos. Porque la locura es muy bonita. Tengo un texto que se llama “Psiquiatría y cultura” donde hablo de que el interrogatorio psiquiátrico y el interrogatorio policial están basados ambos en la sospecha.

P.- ¿Pero no es muy peligroso estar siempre al borde del abismo?

R.- Toda la revolución psicoanalítica no estuvo al borde del abismo, sino encima de él. Como decía Lacan, el objeto del psicoanálisis no es el pan, sino el bollo aquel del que hablaba una reina. Se refiere a María Antonieta cuando decía: “El pueblo quiere pan, que le den pastel”. No hay nada más “chic” que perder la cabeza a manos de una dama llamada guillotina.

P.- ¿Ha peligrado tu cabeza en algún momento?

R.- En la semana del golpe de Estado, escribí tres libros, con la esperanza de venderlos a alguna editorial y largarme a Londres. Temía que me fueran a fusilar o a ahorcar o yo qué sé. Mi manía persecutoria es la ruleta rusa. Me fascina lo mismo que a la E.T.A. Tengo un texto que se llama “Diario de la E.T.A.”, donde dice: “La clase obrera es lo que más se parece a la mierda. La muerte embellece un poco el paisaje”.

P.- ¿Por qué arremetes ahora contra los obreros?

R.- Porque no hay cosa más hija de la gran puta que un obrero. Para mí un obrero es un fracasado, salvo que sea un gran sindicalista o que sea como Lenin.

Llevamos a cuestas tres bares, muchos Sprites y un vaso de leche. Hemos conocido a un poeta amigo suyo: “Tratadlo bien -nos dijo-, que es muy buena persona”. Leopoldo parece algo cansado con tanta pregunta. “Este es un bar de la E.T.A.”, nos susurra. Y mientra seguimos charlando, se impone una duda silenciosa: ¿qué fue del mito Leopoldo María Panero?, ¿quién es este hombre que nos acompaña?

P.- ¿No te sientes obligado a ser siempre Leopoldo María Panero?

R.- No, hombre. Hay que cambiar un poco, hay que airearse. Aparte, Leopoldo María Panero es un firma y un rol. Puedo cambiar de personalidad cantidubi de bien.

P.- ¿Pero no te sientes obligado a representar siempre en público tu personaje?

R.- No. En un baile un vampiro le dice a otro: “¡Quítese la máscara!”; y dice el otro:”Yo no llevo máscara”.

P.- Pero esa firma de la que hablas, también te ha acarreado bastantes problemas…¿No te arrepientes en algo?

R.- “Desnudo me arrepiento de mi vida”, como decía yo en un poema de Teoría. Me arrepiento del mito de Leopoldo María Panero cantidad de días, del chico chistosito y provocador. Yo ahora me he vuelto un hombre muy serio.

P.- ¿Pero este mito no es algo querido?

R.- Era querido, pero ahora no. Ahora pretendo ser serio y tan amargado como muchos otros.

P.- ¿Eres consciente de que ese mito ha afectado a mucha gente?

R.- ¿Qué va? Cuatro viejas beatas y cuatro gilipollas. En aquella época se vivía en la sociedad del rumor. Por ejemplo, los chistes de Franco eran como el télex, te contaban uno en Barcelona y lo sabían en Valencia. Pero es lógico. En una sociedad con cuarenta años sin información, subsistía la costumbre de pedirle información al camarero. A lo del mito no le encuentro otra explicación.

P.- ¿Serías el mismo Leopoldo María Panero sin ser poeta?

R.- No. Me hubiera gustado no ser poeta. Ser un mozo de pueblo alto y recio que enamora a las mujeres, sin ruido de palabras ni estridencias de gloria.

P.- ¿Por qué no quemas los libros?

R.- No estaría mal. Antes quemados que venderlos a esa prostituta que dirige Libertarias.Hacer dinero es más importante para mí que hacer poesía.

P.- ¿Pero tú estás en condiciones de hacer dinero?

R.- Sí, ¿por qué no? Tenía planeados muchos negocios, como una editorial de ocultismo, como libros de magia sexual, de magia negra, etc. Yo haría cualquier cosa, hasta un espot publicitario de papel higiénico con tal de ganar dinero… Ahora que voy a salir del manicomio, El País me ha propuesto hacer un programa de interpretación de sueños y ocultismo. Me interesa porque yo interpreto los sueños muy bien. Hoy he soñado con un navajero que me perseguía toda la noche y yo lo perseguía a él también.

P.- ¿Y quién ganaba?

R.- Nadie. Me he despertado porque no me salía semen en el sueño.P.- Pareces muy decidido a reorientar tu vida…R.- Sí. Lo que pretendo es dejar la literatura y dedicarme al psicoanálisis. Como Rimbaud, hacerme rico, hacerme millonario. Puedo cobrar un esquizo-análisis a 12 millones de pesetas.

P.- ¿Cambiarías, pues, si pudieras, algo de tu vida?

R.- No cambaría nada. Aunque el pasado me parece horroroso, lo hecho hecho está. Sería menos ingenuo a nivel sexual. Por ejemplo, Pere Gimferrer estaba enamorado de mí perdidamente y yo nunca lo entendí. No nacería en España, ni en Euskadi tampoco. Nacería en Francia o en Bélgica.

P.- ¿El país ha sido especialmente cruel?

R.- Sí, conmigo sí. “Mientras avanzo borracho/ sobre esta piedra, payo,/ que llaman España”.

Se resiste a caer la tarde, como todas las de primavera, pero ya es hora de irnos. Nos despedimos, y Leopoldo enfila la calle apurando sus horas de paseo. “Ya volveré en taxi al sanatorio”. De acuerdo, y le vemos alejarse entre la gente, algo encorvado, como si cargara con dos muertos, el suyo y el nuestro (el que imaginamos casi todos).La oscuridad del coche invita a la confesión: “¿Has visto?”, “Fíjate que…”; pero, como ocurre en la iglesia, nunca la sinceridad es definitiva y siempre queda como un sabor amargo entre los dientes. Estamos fatigados, y todavía oímos rumor de cadenas en nuestra buhardilla. Fuimos a Mondragón como quien va a ver la última sensación traída de Oriente y regresamos meditando a secas las certeras palabras de otro poeta. El hombre con el que hemos charlado, el poeta tal vez loco, es también “mon semblable, mon frère!”. Y es quizás esta indefensión la que asusta.


		
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Tot el que et vull dir

TOT EL QUE ET VULL DIR

Tot el que et vull dir, Pagès editors, Lleida: 2014

Tot el que et vull dirés un mosaic de persones que parlen i s’expliquen les dificultats i la grandesa de viure: el jove pintor que vetlla el cadàver del mestre, el crític enfrontat al seu èxit, el periodista de successos incapaç de gestionar les emocions, l’esposa que intueix la fragilitat del seu món, el fill davant l’adéu del pare odiat… A tots ells la vida els ha mostrat un fragment de veritat. Tots ells el volen explicar.

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