Presentación de El mañana sin mí

Cafè del Teatre de l’Escorxador

30-octubre-2019

Fotos Albert Farrè

Texto de Joaquín García Albero, «Conde Boira», para la presentación de El mañana sin mí, de Emili Bayo

«Comulga la gruesa miga de pan que ha untado en una escudilla de callos canónicos y luego apura de un sorbo la copa barriguda de Anís del Mono que le ha servido Rosita. Se levanta pesadamente y siente de súbito que el insoportable inquilino que le ocupa ha vuelto a prender fuego en las cortinas de sus entrañas. Una culebra de hierro fundido mordiéndole, emponzoñándole el costado. Con el vano propósito de congraciarse con un mundo en el que siempre se ha sentido extranjero, mira una última vez las nalgas rotundas de la camarera y se despide de ellas con el esbozo de una sonrisa mínima. Hace tiempo que vuelve a la rutina de su soledad desencantada con aquel disparo fallido de la boca fruncida. La melancolía extrañada de quien siempre parece despedirse por última vez. Ese hombre alto y robusto, de mirada algo estrábica, que sale ahora renqueante del mesón La Tapa y se adentra en los arañazos profundos de la niebla, se llama Abel Claramunt. Mientras camina de vuelta a un piso desangelado y exiguo de equipaje, que camufla sabiamente su vital desarraigo, enciende un cigarrillo Bisonte que brilla un instante en la noche difusa como una luciérnaga agotada. Exhala un humo imperceptible y sonríe de nuevo pensando que la niebla es otra forma de morir. Desde hace tiempo, Claramunt escribe día tras día, en páginas llenas de torcidos borrones, la biografía de un rotundo fracaso. Tiene el verbo soez, mordaz y lapidario que usa como vieja pistola en permanente duelo para abrir en el alma de los otros la herida profunda de una animadversión irrenunciable. Su espíritu terco de mosca cojonera y esa pequeña parte indivisa de hijoputez ab intestata que heredó de su padre le han condenado, con su indolente consentimiento, al ostracismo de los archivos de los casos irresolutos en un rincón diminuto y maloliente de la comisaría de una fría ciudad provinciana. Pero al sargento Claramunt, eso no parece importarle. Y no es porque al fin y al cabo se esté muriendo sin más, con la tenacidad inexorable, sencilla, de un crepúsculo. No. Esa cínica melancolía de verbo hiriente que exaspera a cuantos lo tratan, y luego desprecian, lo ha protegido siempre del vacío de la sinrazón de una sociedad en constante liquidación por derribo. Le ha salvado del vómito crónico tras asistir tantas veces al espectáculo de la putrefacción descarnada que se esconde tras las preciosas máscaras carnavalescas de la gente honorable y poderosa. Bueyes perturbados de dientes de cuchillo entre el aliento confiado de los mansos, en un íntimo y oscuro establo.Enciende otro Bisonte y se detiene un momento a resoplar un inoportuno cansancio que la niebla ningunea. Piensa en Azucena. La paciente ternura, la imbatible alegría. Sonríe pensando en la fingida desmemoria botánica con que al principio trató de mostrarle una indiferencia que no sentía. La prima Azucena. El nombre y el perfume de todas las flores. Sube las escaleras con una lentitud exasperante. Abre una puerta desconchada que no necesita chirriar para quejarse de los estragos implacables de la humedad. Pone a todo volumen el Nessun Dorma, de Pucini, y se tumba en el sofá floreado. Enciende un canuto que pronto señorea el aire con su olor a hierba seca y salvaje. Se le cierran los ojos, vencidos por el plomo líquido del agotamiento. Cuando el tiempo estalle en mil pedazos de pétrea oscuridad, en el mañana sin mí que se avecina,ensordecedor como negro aullido de cuervos, cuando ya apenas sea el vano intento de un recuerdo de aquel que me sueña y alienta, de aquel de cuya esencia estoy hecho. Cuando ya solo sea el relámpago de un pálpito antiguo en las venas de mi dios Emili Bayo; tan solo entonces, yo, Abel Claramunt, me habré muerto para siempre».

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